Aunque abundan las organizaciones sociales de carácter lúdico y (en principio) filantrópico, existen un sinfín de organizaciones con muy dispares objetivos; esto es así porque organizarse, sumar voluntades, viene siendo una buena estrategia para alcanzar objetivos sociales, pero también porque integrarse en una organización, sentirse partícipe se convierte, en muchos casos, un objetivo en sí mismo.
De esta doble motivación y de la propia idiosincrasia de las personas resulta que no todo lo relativo a las organizaciones sociales es positivo.
ASPECTOS POSITIVOS
A través de las organizaciones sociales se proporcionan, recursos alimenticios, económicos, sanitarios, educativos, etc. a los sectores sociales más desprotegidos (aunque se está muy lejos de llegar a todos). De hecho las organizaciones sociales son exponentes de la generosidad y solidaridad de las sociedades y en no pocas ocasiones atienden situaciones que compete a unos gobiernos habitualmente poco sensible a las tragedias humanas.
A través de las organizaciones sociales, especialmente las de carácter humanitario, se ha demostrado la capacidad de las personas de trabajar juntas en la consecución de bienes, por encima de las barreras culturales, sociales, y de cualquier otra índole, que las separa.
Por otra parte las personas que integran este tipo de organizaciones generan vínculos a través de los cuales se da y se recibe apoyo y aliento. También es cierto que esta participación enriquece a aquellas personas capaces de confrontar y revisar sus convicciones cuando en la organización se aportan ideas y se producen debates.
Los aspectos positivos recogidos en estas líneas (y los no recogidos) podrían hacer de las organizaciones sociales un fantástico instrumento para mejorar la vida social del planeta.
ASPETOS NEGATIVOS
En líneas generales si los aspectos positivos de una organización social viene de su condición social, los aspectos negativos los aporta su condición de organización.
A parte de tiempo y dedicación, la participación en una organización social exige, en muchas ocasiones, renuncia a principios personales, también implica aceptar integrarse en una estructura jerárquica donde solo una minoría (posiblemente elegida democráticamente) tiene capacidad de decisión sobre las actividades de la organización y la de sus miembros.
En este tipo de estructuras, cuando la organización adquiere determinadas dimensiones, la capacidad de ejercer la crítica es más bien escasa y no todas las opiniones tienen el mismo valor, incluso no todas las opiniones valen. La discrepancia se convierte con facilidad en disidencia y una aportación puede convertirse en un peligro.
La burocratización y el aburgesamiento suele ser inherente al crecimiento, implantación y consolidación de las organizaciones sociales. Consecuencia de ello suele ser que los objetivos y principios sufren una descafeinización y la organización se transforma en un aparato burocrático poco eficaz, frecuentemente condicionado en sus actos por las subvenciones y prebendas obtenidas de Administraciones y patrocinadores.
Cuando una organización ha adquirido una amplia implantación la mayoría de sus integrantes terminan siendo insignificantes, e incluso irrelevantes; el aparato pasa entonces a ser controlado por una minoría capaz de imponer su voluntad, o bien surgen facciones en lucha por el control de la organización, aun a costa de que los objetivos programáticos pasen a un segundo plano. En organizaciones así, lo que los dirigentes esperan de las bases es obediencia y fidelidad, las disciplina de voto es un ejemplo de ello. Es más, se termina implantado un tipo de liderazgo caracterizado por la desidia y dejadez con respecto a los planteamientos programáticos.
Por otra parte, con frecuencia, tanto los planteamientos programáticos como la estructura organizativa tienden a fosilizarse, desarrollan escasa capacidad para adaptarse a las dinámicas sociales y esa inadaptación puede llegar a convertir a la organización en algo obsoleto y vacío.
También ocurre que organizaciones sociales similares entren en competición por los mismos espacios, en esta situación, aparte de lo paradójico que tiene, las organizaciones destinan importantes dosis de esfuerzo y recursos en desacreditar a las oponentes en detrimento de sus propios proyectos.
Por último un problema importante, que no tiene tanto que ver con las organizaciones sociales como con su regulación, es el comportamiento delictivo de individuos y organizaciones que adquieren una apariencia formal y legal de ONG para delinquir. Esto genera una injusta desconfianza en organizaciones humanitarias.
Existe una creciente disociación entre sociedad y organizaciones sociales, parte de sus causas tienen que ver con un cierto individualismo imperante, pero en esta disociación no son ajenos los aspectos negativos expuestos.
En términos históricos no todas las organizaciones sociales han contribuido al progreso social, paro sí gran parte de este progreso se debe a las organizaciones sociales.